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Recientemente he operado a una mujer con una historia que me llegó al corazón. Al retirarle las vendas de su cirugía y verse en el espejo con el sujetador postoperatorio puesto, se dio la vuelta y me abrazó con enorme cariño y agradecimiento.

 

– Esta soy yo. Este sí es mi pecho, gracias por devolvérmelo, me dijo.

– No, no, gracias a ti por haber confiado en mí después de tan amarga experiencia, le contesté yo.

– Supe que eras tú la persona adecuada. Lo supe desde la primera vez que te conté mi problema. Porque tú me escuchaste.

 

Un momento tan sobrecogedor creo que merece un post para compartir un tema que me parece de enorme importancia y del que jamás se hace mención habitualmente. Muchas fotos de antes y después, eso sí, pero de esto no se habla. Comparto la historia a ver qué os parece.

 

M, operada de aumento de pecho hace muchos años con resultado muy satisfactorio hace alrededor de 15 años, acudió a un especialista reconocido en cirugía plástica para cambiar sus prótesis porque en una ecografía de control anual su ginecólogo había detectado una rotura. Después de 15 años no es del todo infrecuente, siendo un cambio de prótesis una cirugía sencilla y súper rápida.

 

 

Cuando se despertó de la anestesia, este cirujano le dijo que todo había ido bien, que no había habido complicaciones y que de paso le había puesto unas prótesis más pequeñas y le había recogido la piel sobrante en la cicatriz alrededor de la areola. Pero ella no había pedido cambiar nada en su pecho salvo poner unas prótesis nuevas.

 

 

M, sorprendida y muy disgustada, no podía creer lo que le contaban, ya que había dejado claro que quería mantener el mismo volumen y forma a las que estaba acostumbrada y no recordaba haber firmado ningún consentimiento para elevación del pecho, cicatrices adicionales ni nada parecido. No había pedido cambiar nada en su pecho salvo poner unas prótesis nuevas, idénticas a las que llevaba. Quizá su pecho no tenía una posición perfecta, pero ella estaba satisfecha con él, aceptando el paso del tiempo y que iba acorde a su edad. Su cirujano le dijo que estuviese tranquila, que el resultado le gustaría mucho más que el que tenía previamente y que había hecho lo correcto.

 

Seis meses después, M se presenta en mi consulta médica con un tremendo disgusto. Lleva todo este tiempo con un complejo que nunca antes había tenido. Su pecho, más pequeño, alargado y con mucho más volumen en la parte superior de lo que ella deseaba (y tenía previamente) le hacía sentir insegura e incómoda. Al margen del motivo que la trae a mi consulta, M es una mujer bellísima que no llega a los 60 años, una empresaria acostumbrada a manejar mucha responsabilidad, juvenil, fuerte, activa y tremendamente inteligente. Se nota que ha sido siempre una mujer atractiva, lista y muy segura de sí misma.

 

Mientras escucho su relato, M se derrumba entre lágrimas explicándome lo mal que se siente, ya no solo por cómo se ve físicamente y cómo le repercute en su vida íntima, sino porque no le han escuchado ni prestado la menor atención a lo que ella considera importante y lo que no. Cuando mostró su descontento al cirujano que le operó la respuesta de este fue un (indescriptible) “pues yo te veo bien”.

 

 

La clave, en la consulta médica

 

Operar de nuevo a M no era especialmente complicado: se trataba únicamente de realizar unos mínimos ajustes y cambiar el tipo, tamaño y forma de los implantes que le habían colocado en esta segunda ocasión. Evidentemente, una mujer con dos cirugías previas tiene cierta complejidad añadida respecto a quien llega sin nada modificado, pero tampoco me pareció de los casos más difíciles que me llegan habitualmente. La clave no estaba en el quirófano ni pasaba por ser el cirujano con las manos más habilidosas del país. La clave estaba en la consulta médica, en escuchar su historia y respetar sus deseos.

 

Echando la vista atrás, es cierto que durante la formación como especialistas en cirugía plástica se nos enseña las bases de cómo debería ser un pecho. Una determinada forma, posición, proporciones,… que representan el “ideal” que se queda grabado en nuestras mentes y que es posible que tratemos de alcanzar muchas veces por todos los medios a nuestro alcance (con prótesis, cicatrices, lipofillings,… lo que sea).

 

En este ansia por proporciones ideales, es importantísimo no dejar a un lado lo que nuestras pacientes nos dicen. Cualquier intervención por técnicamente perfecta que sea, es susceptible de tener una complicación pero lo que no me parece aceptable es que nada tenga que ver con lo que se ha hablado con la paciente en consulta, lo que ella desea para su cuerpo y, por supuesto, lo que ella firma en los consentimientos.

 

 

Cada vez más mujeres llegan a mi consulta por problemas relacionados con incongruencia entre lo que la paciente pide y la cirugía que se le ha realizado.

 

 

Lamentablemente me toca ver con cierta frecuencia que, procedentes de clínicas con enorme volumen de pacientes, cada vez más mujeres llegan a mi consulta médica por problemas relacionados con incongruencia entre lo que la paciente pide y la cirugía que se le ha realizado. Centros masificados en los que la atención personalizada es materialmente imposible y en los que acordarse de la personalidad, gustos, peculiaridades, miedos e ilusiones de cada una de las cuatro o seis pacientes que tienen en el parte quirúrgico de cada mañana es totalmente inalcanzable. Y luego vienen los lamentos.

 

Ideas como “debe ser un sitio muy bueno porque tienen la clínica abarrotada de gente” no siempre se corresponden con la realidad porque lo que jamás podemos perder es la referencia de que trabajamos por y para personas. Concretamente, yo, para mujees con la enorme cantidad de connotaciones emocionales que ello implica relacionadas con lo físico.

 

Y otro tema aún más delicado de comentar es el de la actitud de superioridad moral respecto a “lo que yo creo que necesitas y te va mejor” frente a lo que tú pides. Bajo mi punto de vista, nuestro trabajo consiste en estudiar a fondo cada caso y asesorar sobre las acciones a realizar para obtener el resultado que nuestras pacientes solicitan. Siempre dentro de los límites de lo estéticamente razonable y sin poner nunca en riesgo la seguridad en salud, creo que el respeto ha de ser extremo y posicionarnos como gurús todopoderosos nos aleja enormemente del corazón de nuestras pacientes. Este tema enlaza con el mítico “no me explicó nada y me dijo que ya vería lo que tenía que hacer.” En el caso que hoy comparto, ¡dirigido encima a una mujer sabia y segura de sí misma de casi sesenta años! Por qué no decirlo y reivindicarlo: la mayoría de las mujeres a las que tratamos son mujeres de gran inteligencia que se dan perfectamente cuenta de cuándo las cosas no se han dado con sentido (de la intuición ya ni hablemos), pero a las que se ha tratado con actitud paternalista, como a unas pobrecillas crías ignorantes.

 

La pasada semana operamos a M y el resultado estoy segura de que va a ser fantástico, ya no solo el puramente físico y visual (que no era complicado, de verdad, no voy a tirarme flores hoy en lo púramente técnico), sino en cuanto a la recuperación de su poder interior como mujer.

 

Las mujeres a menudo necesitamos, por encima de todo, que nos escuchen y que nos respeten. Esto algo que no es nuevo, de siempre se ha sabido y por eso necesitamos hablar y desahogarnos. Para nosotras, explicar nuestras preocupaciones y deseos no es un signo de debilidad, sino que refleja nuestro enorme poder interior expresándose de manera honesta y sincera, en libertad. No buscamos “la mejor de las soluciones,” queremos que nos escuchen y se tenga en cuenta lo que decimos.

 

 

En mi trabajo diario animo a las mujeres que me visitan a que retomen el poder interior que todas llevamos dentro.

 

 

Despojarnos de la posición de víctimas y responsabilizarnos de nuestro propio bienestar, exponiendo abiertamente nuestros puntos de vista, honrando la intuición y respetando los momentos vitales de un ser maravilloso, cíclico, que pasa por etapas tremendamente diferentes, todas ellas bellísimas y mágicas. En definitiva, escucharnos a nosotras mismas y dejar que nuestra voz se oiga en el mundo porque ahora, más que nunca, nuestra energía cambiará el mundo.

 


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